La Luna de Moscú

Relato erótico: una scorts me hizo un aprendiz de sumiso

Nunca antes me había llevado allí. No estaba seguro de si eso era algo bueno o malo. Quizás era un gesto de confianza o quizás se estaba cansando de mí y pensaba cederme a otra ama. La cosa es que por fin pude conocer algo más de ella: su negocio. Regentaba una casa de chicas scorts, muy profesional, cada una con su especialidad y bastante caras. Muy discreto, ni siquiera los vecinos sabían de su existencia.

La encontraba de buen humor, me iba enseñando las distintas habitaciones y me presentó a sus dos socias. Las dos eran las mejores chicas scorts de lujo. Yo estaba desnudo, ella me pidió quitármelo todo nada más cruzar la puerta. Me sentía terriblemente excitado y aterrado, todo esto era muy impredecible, y su buen humor solía desembocar en castigos más severos de lo habitual. Además, se había puesto las gafas y el traje de chaqueta con minúscula falda pero con corbata. Llevaba el pelo recogido en un moño muy alto, sus rizos castaños cayendo rebeldes hacia su largo cuello.

La habitación de la scorts de lujo

Entramos en una sala grande, decoración clásica, muebles de madera robusta. Entonces su tono cambió, y me dijo con voz ronca que me pusiese a cuatro patas en la alfombra persa. Me advirtió que si le hacía el más mínimo desperfecto a esa pieza textil lo pagaría muy caro. A los pocos segundos alguien más entró.

—¡Mirada al suelo! ¿Te he dicho yo que puedes mirar?

—No ama. Perdón.

Aprendiz-De-Sumiso-con-una-scorts

La bella scorts Catalina

A pesar de las semanas transcurridas, en ese momento entré en pánico. Nunca habíamos ido a otro sitio que a su apartamento, y yo jamás había tenido ninguna experiencia sado antes de conocerla, quizás en mi interior siempre fui un sumiso, pero realmente no lo sabía. Me sentía humillado, excitado, avergonzado, ansioso. Ella me lo había dicho muchas veces: que estaba siendo muy paciente conmigo, que estaba yendo muy despacio. Quizás se había hartado ya de mi inexperiencia.

—Esta es Ama Catalina. Ha venido a ayudarte hoy. Dale las gracias a Ama Catalina por dedicar su tiempo a instruirte.

—Gracias ama.

Ama Catalina llevaba unas botas negras hasta media pierna con apliques de metal. Es todo lo que pude ver sin levantar la cabeza, y por eso reconocí que era una scorts  de las que había visto al entrar. Me pisó la cabeza con la bota y mi frente dio en el suelo. Mi instinto fue levantarla, pero sabía que no debía. Noté la erección crecer y traté de respirar hondo para bajarla, sabía que a ella no le gustaría. Ama Catalina me pidió que pusiera los brazos por delante de la cabeza y me ató las manos. Era algo delicado, supongo que cuero fino, pero no podía ver nada. Estaba empezando a sudar, y con la cabeza contra el suelo y el sudor resbalándome desde la frente empecé a sentirme ahogado. Mi ama se puso de rodillas sobre mis brazos, con sus piernas muy abiertas, no llevaba bragas.

—¡Mira aquí ahora!

Su vulva depilada se abrió entera frente a mi boca, a un centímetro. Noté su olor, y mi pene enorme y húmedo estaba ya incontrolable.

—No tienes permiso para tener una erección sumiso.

Lo dijo con voz dulce y eso hizo que mi corazón se desbocara y me sentí mareado. Ese tono de voz era siempre antesala de dolor. Entonces lo noté, en la parte baja de mi espalda. Era caliente, insoportable y se resbalaba. Supongo que era cera caliente bajando lenta hacia mi orificio anal.

—No ama, no, por favor…

Ella me pegó bruscamente en la cara con la palma abierta de su mano, con fuerza, y luego me agarró enérgicamente la cabeza para colocarla de nuevo en su lugar de origen. Aspiré su coño, no podía más. Sabía que iba a castigarme, pero mi pene se movía solo y goteaba. Me estremecí literalmente de miedo. No sabía qué sería lo siguiente. Y entonces sentí el espasmo agudo y solté un grito irremediablemente. Era un latigazo, era Ama Catalina desde atrás. El dolor era mayor al habitual. Respiré y respiré, porque quería ser sumiso, pero sentía que iba a correrme, y de nuevo otro latigazo me llegó por sorpresa. Entonces eyaculé sin control, largo, cantidad, con placer, con dolor, sintiéndome una basura porque sabía que lo estaba haciendo todo mal, manchando la alfombra persa.

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