Me sentía muy fuera de lugar en aquel evento, aunque parecía que todo lo exclusivo de Barcelona estaba ahí. Estaba todo lleno de gente de mediana edad, señores que me miraban por encima del hombro y señoras con pinta de presentarme a sus nietas. Di unas cuentas vueltas, cogiendo todas las copas de champán que podía, y de repente, cuando alargué la mano para coger la última de una bandeja, una mano se rozó con la mía. Cuando levanté la mirada, me encontré con toda una milf, con un vestido ajustado, que me dejó sin palabras.
-Eh, guapo, mi cara está aquí arriba -me dijo, acercándose mucho a mí.
-Ya lo sé, pero yo te estaba mirando los pechos.
Ella pareció sorprendida durante un momento pero enseguida esbozó una sonrisa y me cogió del brazo.
-¿Bailas?
Sin esperar respuesta por mi parte, me arrastró hasta el centro de la pista y me echó los brazos al cuello. Sentía su cuerpo pegado al mío, sus grandes pechos aplastados contra mi torso y su aliento en mi oreja, y notaba cómo me iba acalorando y mi respiración se aceleraba.
Despacio, fui bajando las manos por su espalda hasta tenerlas justo en el borde de sus nalgas. Y entonces, la catalana rellenita me cogió por las muñecas y me las bajó un poco más, suficiente para que pudiera agarrarle el culo.
-Así mejor -susurró.
Seguimos bailando, aunque ninguno de los dos escuchábamos ya la música. Ella básicamente rozaba su cuerpo contra el mío, y yo estaba empezando a empalmarme. Y justo entonces, ella se dio cuenta y su roce se hizo mucho más evidente, al tiempo que me mordisqueaba la oreja.
-¿Quieres ir a otro sitio? -le pregunté finalmente.
La catalana culona me lamió suavemente la oreja.
-¿Dónde?
-He traído el coche -respondí y ella sonrió pícara.
-Me vale.
Esta vez fui yo el que le arrastró de la mano, entre todas las pijas y señoritas de Barcelona, hasta el aparcamiento. Arranqué el coche y salimos de ahí. Mientras conducía, ella puso su mano en mi muslo y la fue subiendo poco a poco hasta mi bragueta. Me la desabrochó con manos expertas y empezó a masturbarme muy despacio. Yo aceleré sin darme cuenta y empecé a jadear. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para centrarme en la carretera y no cerrar los ojos.
Ella seguía así que decidí aparcar el coche en una calle apartada. Sin decir nada, nos encontramos en los asientos de atrás. Deslicé la cremallera de su vestido mientras ella me desabrochaba los botones de la camisa. En cuestión de minutos, nuestra ropa estaba en el suelo y nos besábamos apasionadamente. Empecé a acariciar sus pechos , que se pusieron duros al contacto con mi dedo, y ella gimió. Después, mis manos encontraron el camino a su clítoris y conseguí que jadeara y moviera las caderas pidiendo más. Ahí, gimiendo encima de mí, parecía más una escort barata pelirroja que la señorita que era.
Me puse encima de ella y jugué con la punta de mi pene entre los pliegues de su vulva. Los dos queríamos más, nuestras manos trataban de acariciar todas las partes del cuerpo del otro y nuestras lenguas no se separaban. Entonces me separé para alcanzar un condón y se lo enseñé a la milf catalana. «¿Quieres?» pregunté solo arqueando las cejas. Por toda respuesta, ella me lo quitó de las manos y me lo puso, ayudándose con la boca.
Entonces la penetré sin más preliminares. Ella rodeó mi cadera con sus piernas y acoplamos nuestros ritmos, gimiendo y haciendo sacudirse a mi viejo coche. Gemimos y gritamos, sin temer que alguien pudiera oírnos. Fuimos aumentando la velocidad cada vez más, y yo sentía que el calor y la presión se concentraban en mi bajo vientre. Entonces, ella se corrió. Arqueó la espalda, apretó sus piernas alrededor de mí y los músculos de su vagina se contrajeron sobre mi pene. Eso y oírla gemir fue demasiado para mí y me corrí, explotando en un millón de pedacitos sobre ella.
Enterré la cabeza en su pecho, sin sacar mi miembro todavía. Entonces oí que me decía:
-No estarás cansado, ¿no?
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