La Luna de Moscú

Relato erótico: La escort masajista que me arregló la semana

Llevaba una semana de perros, de casa al trabajo y del trabajo a casa, aguantando a la insoportable de la jefa y hasta los cojones de todo. El viernes llegué a casa con un cabreo importante y me puse un copazo. Me fui relajando un poco y noté que me iba poniendo caliente. Pensé que una buena paja me relajaría, así que busqué algunas fotos en internet.

Trasteando vi un enlace “escort Barcelona”. Se definía a sí misma como escort viciosa experta en masaje. Solo de leerlo me puse muy burro, me quité los pantalones y empecé a pajearme un poco. Pero seguía cabreado. Yo no quería masturbarme. Yo quería follar de verdad.

Contacté con la escort, y estuve de suerte, su cita para ir al teatro esa noche había suspendido y tenía la noche libre. Eso del teatro me sorprendió, no era una puta barata, era una chica de compañía. Mi instinto fue decirle que no estaba interesado pero su voz me había puesto malo. Me encantó su tono seguro y un poco grave. Así que improvisé algo de salir a cenar y llegamos a un acuerdo.

Una hora y media después yo estaba duchado y a la mesa de un restaurante cercano a mi casa. Mi humor había cambiado, tenía hambre y estaba contento con el giro que había tomado la noche. Ella llegó enseguida, vestido negro, botas altas, tetas grandes y bien puestas. Y guapa, hostia, qué guapa; me impresionó mucho. Me alegré de haberme duchado y estar a la altura.

En la cena ella se mostró abierta, habladora. Me rozaba la pierna con su pie, y para los postres yo ya tenía la polla dura como una piedra. Le propuse ir a mi casa y me agarró del brazo. El gesto me sorprendió, era todo tan natural. Sentí que no fingía, que estaba a gusto conmigo. Fue ella la que enseguida propuso el masaje.

Me pidió que me desnudara y me dejara solo los boxers. Me tumbé bocabajo en la cama y empezó con un masaje, primero los hombros y el cuello, dulce, suave, tenía las manos finas y expertas. Yo me sentía en la gloria, era realmente buena. No tenía prisa y se recreó en mi espalda y mis brazos. Con delicadeza bajó luego a mis nalgas, retirando despacio hacia abajo mi ropa interior, como haría una enfermera, y continuó amasando. Se puso a horcajadas sobre mí extendiendo sus manos y brazos por toda mi espada y dejó caer todo su cuerpo. Estaba desnuda. ¿Cuándo se había quitado la ropa? Su piel era tibia y noté sus tetas grandes contra mi piel.

Se retiró un poco y me giré sorprendido de mi propia erección, estaba enorme. Ella cogió mi polla en su mano y subió y bajó con la misma delicadeza con que había masajeado el resto de mi cuerpo. Me oí a mí mismo jadear de placer. Llevé mi mano a su coño mientras ella seguía trabajándome. Estaba mojadísima y metí un dedo en su vagina, luego dos, y ella se estremeció doblándose un poco hacia mí. Su cara era puro deseo. Paró ansiosa y me puso un condón. Cuando creí que iba a montarme, bajó su cabeza y empezó a comérmela, joder, qué rico, era alucinante. Nunca había disfrutado tanto una mamada con condón. Me miraba de vez en cuando con esa perfecta cara de comedora de pollas, casi inocente. Estaba a punto de correrme cuando ella paró y me cabalgó, fuerte, duro, yo estaba muy bruto. Le agarré el culo y empecé a empujar sin control. Cuando ella gimió y sentí las contracciones de su orgasmo no pude aguantar más. La corrida fue espectacular.

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